¿Es viable que la gestión de colonias felinas esté soportada únicamente sobre el voluntariado?

¿Se puede obligar a ser solidarios? En España, el modelo actual parece creer que sí, y no es algo que se pretenda cambiar en el corto plazo, pese a la nueva Ley de Bienestar Animal.

Gestión de las colonias felinas esté soportada únicamente sobre el voluntariado

¿Ser solidarios es una elección o una imposición? Estas preguntas que merecen una extensa reflexión. La realidad es que la gestión de colonias felinas es fundamental para el bienestar de los gatos comunitarios y el control de su población. Y, desde siempre, estas intervenciones se han asumido por particulares y asociaciones de voluntarios, y se ha hecho apoyándose en el altruismo.

Una generosidad que muchas veces se traduce en invertir dinero, tiempo e incluso exponerse a situaciones de riesgo y malestar físico y mental. En la práctica, son horas y horas de dedicación, que no todo el mundo puede reservar. Pero ¿es sostenible este modelo a largo plazo?

La fragil base en la gestión de las colinas felinas

A través del voluntariado, muchas iniciativas han conseguido salir adelante. En las colonias felinas, a menudo, la estabilidad y la gestión suelen ser precarias. Entre los problemas más evidentes, hay tres que, semana tras semana, ponen en riesgo la continuidad de las actuaciones:

  1. En primer lugar, la inestabilidad de los equipos o particulares. A menudo, las voluntarias abandonan tras largas temporadas de saturación física y mental, cambios en su situación personal o laboral. El día a día Esto genera una rotación constante que dificulta mantener proyectos consistentes.
  2. Además, la rotación de voluntariados o de personas encargadas de las colonias, implica una carga desigual. A medida que los equipos se reducen, las personas más comprometidas deben asumir más y más responsabilidades. Sucede en un contexto en el que las ayudas de la Administración son insuficientes y, en algunos casos, inexistentes, aumentando la presión sobre los voluntarios.
  3. Por último, los problemas de salud mental, como el burnout, el estrés y la ansiedad son comunes entre quienes participan en estas actividades. El componente emocional y de empatía vinculado al rescate y cuidado de animales, se une con el desgaste de lidiar, día a día, con situaciones que nos superan y falta de recursos.

A todo ello, se unen muchos otros puntos relevantes, entre los que destaca la gestión de CER y la falta de cargos que ofrezca algún reconocimiento. Algunos ayuntamientos cuentan con carnet de alimentadora está acreditado; además, la Ley 7/2023 también ha dado pasos en esta dirección. No obstante, la figura de cuidadores y asociaciones es todavía ignorada por muchas personas en la calle.

Asimismo, todo lo anterior puede llevar a situaciones de conflicto, confrontación y estrés en las asociaciones y con los vecinos.

Las malas praxis: un riesgo de buena intención

Uno de los mayores retos vinculados a las colonias felinas es la capacitación. La falta de control y de recursos puede generar situaciones de «mala praxis». En su mayoría, estas surgen desde las buenas intenciones, pero pueden tener consecuencias fatales para los gatos.

Por ejemplo:

  1. Capturas incorrectas, a través de las que se hace un uso inadecuado de las jaulas trampa (como quedar sin supervisión durante horas, e incluso días), poniendo en peligro a los animales y generando conflicto vecinal.
  2. Errores en la selección, que se traducen en capturar y juntar a gatos enfermos (por ejemplo, con leucemia felina), priorizar gatos bien adaptados al entorno o, todo lo contrario, capturar un gato que no se adaptará a una casa de acogida o una adopción.
  3. Acumulación de animales, por parte de personas movidas por el amor, pero que no tienen los medios o el espacio para hacerse cargo de tantos gatos, generando situaciones de grave negligencia.
  4. Malas adopciones, donde existe un nivel de sobrecarga que se prioriza capturar o dar en adopción a gatos en hogares que no cumplen con los requisitos necesarios.

Profesionalización en la gestión de las colonias felinas

Estos problemas dejan en evidencia una necesidad urgente: el modelo de gestión de las colonias felinas debe replantearse. Entre las opciones viables se encuentra la formación de voluntarios, para capacitar y evitar errores que perjudiquen a los animales, pero ¿es esto suficiente?

La realidad es que todo el capítulo VI de la Ley de Bienestar se centra en este modelo colaborativo por parte de la Administración. Para muchas personas, esto nos resulta «el mundo al revés», puesto que la responsabilidad de los ayuntamientos se cede a particulares y asociaciones sin ánimo de lucro, a la vez que se les ofrece una ayuda parcial.

Por descontado, un cambio integral de modelo puede ser complicado en el corto plazo, por lo que la formación de voluntarios y la colaboración con técnicos profesionales puede ser un primer paso para un manejo ético y efectivo de las colonias. Sin embargo, los programas de bienestar animal deberían evaluar la carga laboral y personal del control de las colonias, e integrar a profesionales como la figura principal de los mismos. Algo que ninguna Administración parece plantear en el corto o medio plazo.

Cambios con la Ley de Bienestar

Así, la nueva Ley de Bienestar Animal, todavía en fase de reglamentación, puede representar algunos avances, pero sigue manteniendo un modelo de gestión de las colonias felinas que es injusto. Las obligaciones recaen casi por completo en particulares y asociaciones, dejando a los gatos en un limbo administrativo. ¿Hasta cuándo se puede mantener esta situación? ¿Estamos tratando de gestionar los animales callejeros (hoy, llamados comunitarios, pero olvidados por la comunidad) con prácticas de hace 30 o 40 años? TOdo indica que sí.

Es urgente que las instituciones reconozcan la importancia de las colonias felinas y establezcan un sistema más justo y sostenible, y que este deje de mantenerse sobre las espaldas, las manos y la solidaridad de unos pocos.